Decía Albert Camus que la tiranía
totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las
faltas de los demócratas y es ahí y no en otro lugar, donde se gestó eso que se
dio en llamar el franquismo.
Cada vez que me acerco al periodo
que vivió España de 1931, con la proclamación de la República, hasta 1939 con
la derrota de la misma a manos del nacional-catolicismo fascista, veo de forma
más preclara que esa dictadura que duró cuarenta años, fue engendrada en los
antagonismos vacíos de una falsa democracia. El exilio del incapaz Alfonso XIII,
supuestamente para evitar el enfrentamiento entre españoles, finalmente fue el
preludio de una guerra civil que nos encumbró a la locura más extrema y a las
posiciones más cainitas.
Nuestro país estaba ansioso de
cambios que debían corregir errores de siglos, habíamos perdido las colonias, la
masa social carecía de medios de vida, cultura y por ende no vislumbraba
futuro. Éramos un polvorín rodeado de fuegos, tan solo era cuestión de tiempo
el estallido, pero lejos de acometer con ahínco el proyecto de un nuevo Estado,
la clase política siguió con sus propuestas de salón y olvidó que las leyes no
solo se escriben y que han de saber aplicarse. Las incapacidades
gubernamentales dejaron espacio a propuestas posibilistas que acabaron
impulsando revoluciones y no reformas. Tan solo recordar los levantamientos de
1934 nos da la medida del alejamiento entre la intelectualidad republicana y un
pueblo hambriento e impaciente.
En ese caldo de cultivo, las
élites extractivas se activaron para conservar sus intereses y recurrieron a la
solución tradicional de esta nuestra piel de toro. Los militares, como tantas
veces, serían el remedo a lo que llamaban desorden social. Así se fueron
gestando pronunciamientos que fueron abortados hasta llegar el protagonizado
por Francisco Franco Bahamonde. El fracaso del golpe de julio de 1936
desencadenó una guerra que habría de durar tres largos años y que quebró al
país en dos bandos irreconciliables cuyas heridas aún están por sanar.
En un conflicto civil, el
liderazgo siempre es asumido por personajes de peculiar carácter y con pasado
de compleja explicación. Franco, a todos los efectos, es un modelo de eso que
denominamos caudillos. Hombre cargado de frustraciones desde pequeño, crecido a
la sombra de un padre vividor y de moral disoluta, sometido a una madre llena
de sufrimiento, creció cargado de complejos. En fin, la milicia le otorgó el
poder que su propio aspecto y su voz atiplada parecían negarle. Se trata de un
caso de libro de los que se repiten en muchos regímenes totalitarios. Tiren de
biblioteca, verán que la psicopatía es inherente a nazis y fascistas…
La rabia acumulada durante su infancia
y adolescencia se descargó en los combates de las guerras de África y en ellas
prosperó de forma sorprendente. Su valentía, rozando el desprecio a la propia
vida, le llevó a convertirse en general con tal solo 33 años. Aquel pequeño frustrado
empezó a tomar consciencia de su poder. La guinda que colmó sus aspiraciones
llego durante la Revolución de Asturias, en aquel sangriento episodio no ahorró
violencia y la crueldad de las tropas a su mando fue indescriptible. Para colmo,
el gobierno le otorgó la Gran Cruz del Mérito Militar. Creo que en aquel
momento comprendió la verdadera debilidad de la legalidad republicana, era cuestión
de tiempo que se convirtiese en un peón útil en manos de los representantes más
retrógrados y carpetovetónicos de España.
Bien, Franco era listo, mezquino y
desconfiado, por tanto siempre nadó guardando la ropa. Consiguió imponerse a otras facciones militares y acabó
por ser caudillo por la gracia de Dios enviando a todos sus oponentes al
infierno. Revisen ustedes el final de José Antonio Primo de Rivera y entenderán
lo que les digo. Finalizada la guerra con aquel cautivo y desarmado el Ejército Rojo, el pequeño general, al que su
padre despreciaba llamándole Paquita se convirtió en el amo de los destinos de
los españoles y una vez más tuvo la baraka
(suerte) que pareció acompañarle en combate. Supo mantener una falsa
neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial y tras la derrota de los
fascismos europeos, habiéndose dividido el orbe entre el comunismo y democracia,
Francisco Franco fue abrazado por Eisenhower y de facto, se convirtió en el
vigía de Occidente. Permítanme, manda y mandó güevos…
No seguiré relatando sus méritos
hasta el momento de su muerte pues acaba mal la historia, tan solo hace falta analizar
nuestro presente. Una vez más, la política en nada procura soluciones y el
miedo al futuro hace que algunos descerebrados afirmen que con Franco vivíamos
mejor y que sigue presente.
Mientras medios de comunicación y una sociedad civil ignorante y desmemoriada y obviamente con la complicidad de una clase politica cobarde, siempre tendremos pasajes en blanco y negro. Por favor que alguien guarde las cintas fascistas y pasaje gris en la estanteria de la historia pasada, como el valiente que volvió a la estanteria de los recuerdos la serie Verano Azul.
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